“Nunca subestimes el corazón de un campeón”. Rudy Tomjanovich, 1995.

Por más que los años pasen. Por más que la escuchemos, no hay frase más coherente y acorde en el mundo del baloncesto que la pronunciada por el entonces entrenador de los Houston Rockets. Fue el día que su equipo levantó su segundo título de la NBA en unas series históricas en las que pocos apostaban por Olajuwon y compañía al llegar a éstas con el factor cancha en contra para todas sus eliminatorias.

Algo muy parecido tiene que estar pensando Stephen Curry desde el comienzo de temporada.

Desde los General Managers de las franquicias a los periodistas, pasando por las casas de apuestas y por sus propios compañeros. Muy pocos, por no decir ninguno, han o hemos dado a Golden State como favorito a revalidar el título de la mejor Liga del mundo. Algo que el MVP no perdona, como se está viendo sobre la cancha.

Cuatro partidos han jugado los Warriors, cuatro han ganado. En ellos han sumado 100 puntos más que sus rivales. En el último, anoche, avasallaron a los Grizzlies de Marc Gasol por, nada más y nada menos, que 50. El mensaje es claro: “Qué nadie se olvide de nosotros”.

Curry ha anotado en éstos 148. Números que nadie alcanzaba desde la época de Jordan. 40 llegaron en el debut ante Nueva Orleans, 24 de ellos en un sublime primer cuarto. 25 ante los Rockets de Harden a domicilio, en la que fue la reedición de la final del Oeste. 53 de nuevo ante los Pelícanos, con 28 en un tercer periodo en el que Anthony Davis y compañía anotaron dos menos, ¡¡¡solo 26!!! 30 hace unas horas a Memphis, con 21 en otros 12 minutos para recordar. O lo que es lo mismo: 37 tantos de media, aderezados con 6,3 pases a canasta y cinco rebotes en solo cuatro actuaciones.

Una locura que se puede completar añadiendo el 21 de 43 en triples que lleva en estos seis días el base que, recordemos, ya estableció un nuevo récord la pasada campaña al anotar la friolera de 286 con un porcentaje del 44. ¿Alguien da más?

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Así es Stephen Curry. Pero lo mejor no es lo que hace, si no como lo hace. Su enjuto cuerpo (mide 1,90, pesa 86 kilos) bien podría salir disparado hacia las gradas en cualquier bloqueo. Sus tobillos de goma, aquellos que pusieron en riesgo su carrera, aquellos que hicieron que firmará un contrato ínfimamente bajo para su nivel (44 millones de dólares por cuatro años hasta 2017) bien podrían hacer ‘crack’ en cada baile sobre un rival. En cambio, lo que sucede se sale del manual, de lo visto nunca jamás.

Como tu andas, Curry dribla. Como tu saltas, sin más, Curry entra a canasta. Como tu piensas, Curry arma el tiro con una rapidez pasmosa y acierta. Todo con un requisito más: esbozar siempre esa perenne sonrisa que hace pensar que estamos solo ante un simple divertimento, ante un momento de ocio más. Cómo si la presión no existiera, cómo si no hubiera en juego mucho más.

Así es Curry. Así es su forma de ver la vida. Algo que se traduce en su forma de jugar.

Quizá por este motivo sea el hijo que toda madre quiere, el yerno que toda suegra desea, el padre ideal. Aquel que solo expresa timidez y a la vez disfruta cuando su hija Riley le roba el protagonismo en las ruedas de prensa de algún que otro partido de los play-offs de la pasada temporada en la NBA. Aquel que casi nunca alza la voz. Casi nunca, claro.

“Solo quiero decir que lo siento por estar sanos. Me disculpo por  jugar contra aquellos que teníamos enfrente. Me disculpo por todos los premios que hemos recibido como equipo e individualmente. De verdad, lo siento. Este año rectificaremos”. Estas han sido las únicas palabras más altas dichas por el base tras haber sido menospreciado el título logrado por Golden State la temporada pasada.

Doc Rivers, el actual de los Clippers, un tipo al que considero cabal, dijo que los Warriors habían tenido “suerte” por no haber jugado ante ellos o ante los Spurs. Esta vez se equivocó. Como también lo hicieron los que creen que Cleveland se habría llevado el triunfo en la gran Final con Irving y Love sanos.

El equipo de la bahía de Oakland estaba tan engrasado que era imposible de parar. Así lo muestran sus 67 partidos ganados en la fase regular, siendo líderes de ésta en puntos anotados, asistencias y porcentajes tanto en tiros de campo como desde la línea de tres. Así lo muestra su balance de 16 triunfos por cinco derrotas en los encuentros de la fase final. 83 victorias en total en una campaña para enmarcar.

Si bien eso ya es pasado. Toca pensar en este 2015-16, en volver a ganar digan lo que digan los demás.

De ello quiere encargarse Curry. En solo seis días, en cuatro partidos, en cuatro exhibiciones lo ha demostrado. Los Warrriors vuelven a ser los mejores, tanto en ataque, anotando más de 115 puntos por partido, como en defensa, encajando solo 88,5. Con el base al mando, claro.

Ya lo dijo Tomjanovich. Lo volvemos a recordar: “Nunca subestimes el corazón de un campeón”.

A estas alturas, el del actual MVP de la Liga parece demasiado grande, de esos que se hinchan con una enorme facilidad para bombear sangre, puntos y espectáculo por todos los costados. Algo que los aficionados de Golden State, seguro, celebran en estos momentos.